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El plan económico de José de San Martín | Un historiador explora uno de los lados menos difundidos del prócer.


–De su libro “Nueva historia del cruce de los Andes” emerge, entre otras cosas, que San Martín, ya gobernador de Cuyo, monta un aparato de control social muy férreo; policial, en alguna medida... los decuriones, por caso, que salían a controlar la noche...

–Y de paso, por orden de San Martín, mataban a cuanto perro se les cruzase a fin de luchar contra la rabia.

–¿Qué debe inferirse –al menos en términos imperativos– de toda esta política?

–Lo fundamental: no hay en San Martín un imperativo previo a la misión de hacer la guerra –o sea, un imperativo político-ideológico que fuera parte de su formación– que diga que pensara que el control social tiene que ser la forma bajo la cual debe funcionar una sociedad. Nada. Pero él gobierna la región de Cuyo, o sea Mendoza, San Juan y San Luis, en emergencia de guerra. Cuando asume ese poder, la lucha por la independencia está muy comprometida. En el norte la situación es muy precaria. Lo mismo en el este, tomando como referencia el Río de la Plata. Él tiene que llevar la guerra a Chile en un todo o nada para liquidar el poder español ahí, un lugar donde además la revolución había fracasado y el poder español podía venirse sobre Cuyo. Derrotar ese poder abría las puertas de Lima, clave de ese poder. Así, San Martín transforma Cuyo en alistamiento para la guerra. Hasta los escolares ya avanzados son entrenados con palos a modo de fusiles, en términos de movimientos de infantería... Los dirige el cura Benito Lamas y se entrenan en la Alameda, al son de un tambor prestado por Las Heras, ¡porque ni para tambor había plata!

–¿Cuyo como Esparta?

–No. Cuyo como punto de partida para una guerra puntual, decisiva.

–Cuando Truman le quita el mando a McArthur por querer llevar la Guerra de Corea a China, éste –definición pura de vanidad– va a West Point y ante 10.000 remata un discurso diciendo: “En la guerra, la victoria no tiene sustituto”. ¿Qué no es la guerra para San Martín?

–Eso: la ausencia de victoria. Él sabe cómo se llega a la guerra. Y lo sabe desde los 11 años, cuando ingresó a lo militar en España. Y sabe cómo se debe salir de una guerra: con victoria. Sí, sí: no hay sustituto en esa, en esa...

–¿Milonga?

–Milonga fiera, en todo caso.

–Sin embargo, en las reflexiones, cartas de San Martín, no emerge ningún atisbo de militarismo, o sea, esa desviación que hace de lo militar la virtud esencial de una sociedad. ¿Es así?

–Sí. Es un hombre de la libertad. Carácter férreo, sí. Las órdenes se cumplían sí o sí. “Tuerto derecho”, ironizaba en relación con esa obligación. Algo que, sin embargo, no es contradictorio con el pragmatismo que sopesó, manejó, su sistema de decisión como gobernador de Cuyo. Hizo mucha docencia para organizar el conjunto.

–En sus interesantes “Apuntes de historia militar”, Perón dice en relación con San Martín que Von Clausewitz hizo por el arte de la conducción más que muchos de los conductores juntos. Estos enseñaron a hacer la guerra, Von Clausewitz a comprenderla. Y dice entonces Perón que San Martín fue las dos cosas: maestro y conductor. ¿El San Martín que usted trabaja encuadra en esto?

–Absolutamente. No es un “tropero”, no es órdenes y órdenes. No es clavar tacos y nada más. Conduce, explica, fundamenta en un ambiente y tiempo en que le cuesta cosechar respaldo para la causa.

–En su libro usted descascara mitos alrededor de materia de respaldos a San Martín...

–Pero descascaro con autorización de San Martín, que conste, ¡eh!

–Un mito muy arraigado es que la burguesía cuyana –que la había– respaldó sí o sí...

–Sí, es uno de los mitos. Se trata más bien de la sociedad en su conjunto. Estaba muy ligada a lo español vía la religión, el comercio vía Chile. Fue muy ambivalente en relación con San Martín. Por momentos apoyó, hizo remilgos. De ahí que San Martín apelara a la coacción, a una dura presión fiscal, presupuestaria, a un control preciso de residentes españoles, de sus amistades, sus relaciones. Incluso San Martín apeló, como hoy se apela en política, al miedo sobre lo que puede pasar si no se derrota a España. Tensiona a la sociedad cuando habla de sacrificio, de pérdida de riquezas individuales. Y negocia con las elites cuyanas.

–¿Habla del San Martín proteccionista en economía? Nada de “Mingo” Cavallo...

–Nada. Defiende los intereses cuyanos, por ejemplo, al proteger la producción del aguardiente y vinos cuyanos ante el ingreso de esos productos desde Buenos Aires. La economía cuyana colocada en línea con la guerra es una página inmensa de San Martín...

–Pero se conoce recién ahora, cuando se corre toda la mitología de la que fue rodeado...

–No, no, no ahora. Y además los mitos siguen vivitos y coleando.

–¿Cuál sigue siendo fuerte?

–Y, por caso, la suya no fue la primera fuerza militar que cruzó los Andes. En mi trabajo hablo de esa historia. Tampoco fue tan significativa –como nos enseñaron– la donación de joyas que las damas mendocinas hicieron para, aparentemente, parte el Ejército de los Andes... aros, aretes, cadenitas, anillos, peinetas de plata, etcétera. Hay estudios muy argumentados –el de Barrionuevo, por ejemplo– señalando que lo donado alcanzaba para mantener un esclavo por un tiempo, no más.

–¿Por qué “aparentemente”?

–Si la donación en términos de valor fue irrisoria –así la defino en el libro–, es irrisorio que se haya mantenido el mito de que se usaron para financiar el Ejército de los Andes porque, de hecho, por orden del director supremo fueron a parar a Buenos Aires... ¡un desastre!

–¿Qué definió desde lo económico el Estado de San Martín?

–El orden. La búsqueda de finanzas equilibradas. ¡La recaudación!, compulsiva o no.

–¿Por qué les dedica mucho de su libro a los salarios del Ejército de los Andes?

–Es un capítulo muy intenso, cuidado, de San Martín. ¿Por qué? Porque, como pruebo en mi libro, fue la base de la adhesión, disciplinamiento y aplicación del verticalismo que requería el funcionamiento del ejército en formación. Se pagaba por semana y a través de los jefes de las unidades.

–Pagar en un país sin unidad monetaria en ese entonces... un tema.

–Y una obsesión para San Martín. Se pagaba en moneda circulante en Cuyo, no de oro, y cuando Buenos Aires podía, en ciertos papeles. Mi investigación muestra la dedicación que se puso en este tema, un pago que crecía a medida que ingresaba más gente al Ejército de los Andes, que a la hora de cruzar tenía más de 4.000 hombres. San Martín, además, era “muy contable”... anotaba todo: cuánto entraba, cuánto salía... Y también rebajó salarios cuando la alcancía no tenía un mango. Es muy interesante seguir los documentos sobre toda esa administración.

–¿Se puede calcular cuánto costó el cruce?

–Complejo, pero se puede.

–¿Qué no es este San Martín en relación con cómo lo definió la historia a partir de Mitre?

–Y, no es ese “Hermes Trigésimo” del que habla Mitre y que en mi libro digo que es una alusión al dios alquimista que manipula los elementos del cosmos para dar forma a sus proyectos. Ha sido trabajado desde mucha hagiografía, panegírico, como lo de “El santo de la espada” de Ricardo Rojas. San Martín –escribí– como divinidad civil de los argentinos.

Carlos Torrengo
carlostorrengo@hotmail.com

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